Aquellas mujeres, que por su edad, nos recordaban
a nuestras tias y a nuestras madres, nos sacaban a bailar para escitarnos
y a mí aquello me parecía un ritual muy emocionante.
Años más tarde cuatro "piraos",
ciegos de humo, escuchábamos la gitarra delirante de Jimi
Hendrix mientras él se fotografiaba rodeado de netras en
bolas. Vagábamos perdidos por aquellas calles estrechas,
de garito en garito, escribiendo noches en blanco junto a compañeros
de viaje variopintos y melenudos como yo. Ellas redujeron el tamaño
de su falda.
Después, me cortaron el pelo, hice la Mili,
grabé discos, conocí el amor, disfrute del sexo y
de la música y de tanto en tanto, me dejo caer por San Vicente
Ferrer o Marqués de Sta. Ana, Pez, Puebla o Valverde buscando
en ese laberinto de maravillas seguir sintiéndome vivo, y
desear algún encuentro estimulante.

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