Estábamos sentados en la plaza Barceló. Ella me miraba poniendo cara de mala mientras se bajaba el tirante derecho de su vestido. Aquella chavala tan avanzada se llamaba Tere, tenía once años y el pecho absolutamente plano. Aunque yo tenía doce, la verdad es que no sabía de la misa la media y pasé un rato fatal mirándola y preguntándome qué coño estaba haciendo.

Por aquel entonces me desfogaba en los futbolines. A la salida del Colegio San Antón, en la C/Farmacia, íbamos sobre todo a un pequeño bar de la C/D. Felipe. Los muñecos erán de metal, así que con las bolas de madera pegábamos unos trayazos que temblaba el Misterio. Aquella primavera empezabamos a derivar, Valverde abajo, hacia el Colegio de las Mercenarias para meternos con lasniñas y acribillarlas a pelotazillos con nuestros tirachinas a modo de sutil acercamiento y siempre desde una distancia prudente, demostrando así un estilo muy de la época, reprimido y castizo.

Aquel verano ví una película, Semiramis, y trabajaba un actriz llamada Rhonda Fleming. Aquella diosa pelirroja encendió mi pasión y, absolutamente himnotizado, por el canalillo que se apreciaba entre sus gloriosos pechos, navegué por aguas de locura y prenesí. Aquel suceso feliz ocurrió en el Cine Flor donde hoy está el Conde Duque.

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